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Que algo esté “científicamente demostrado” significa que la comunidad científica en su conjunto acepta ese “algo” como válido y como base para continuar con la actividad investigadora. Sin embargo, que algo esté “científicamente demostrado” no significa indiscutiblemente que sea una verdad definitiva ya que, como ha ocurrido en muchos momentos de la historia de la ciencia, teorías que en determinado periodo de tiempo se consideraban ciertas y “científicamente demostradas” han resultado posteriormente refutadas y sustituidas por otras. Se puede decir que las teorías científicas son “provisionales”, de modo que se encuentran expuestas a ser reemplazadas o ampliadas por nuevas teorías que expliquen hechos que ellas no pueden explicar.

La corriente filosófica del falsacionismo, cuyo máximo representante es Karl Popper, asegura que ninguna teoría científica puede considerarse “definitivamente verificada” ya que, por muchas veces que se haya observado experimentalmente que la teoría se cumple, siempre puede ocurrir que la siguiente vez que se intente comprobar, la teoría falle. Esto es debido a que el número de casos favorables que corroboran la teoría, por muy grande que sea, siempre sea insignificante con respecto al número de casos teóricamente posibles, que es infinito. Entonces, la probabilidad de confirmación de cualquier teoría científica sería cero (el número de casos favorables dividido entre infinito siempre es igual a cero). Lo que sí afirma el falsacionismo es que se puede verificar la falsedad de las teorías científicas. Con que sólo una vez se observe que la teoría falla, ya podemos considerarla como falsa. La calidad de una teoría radicará, entonces, en su capacidad de ser sometida a prueba, y en la cantidad de veces que sea capaz de resistir los intentos de refutación. Cuantas más veces sea puesta a prueba y salga victoriosa, más se aproximará esa teoría a la verdad, pero nunca podrá llegar a calificarse como “definitivamente verificada” ya que puede ser que no supere la siguiente prueba.

Otros grandes filósofos de la ciencia han expuesto sus posturas acerca de cómo se ha desarrollado la historia de la ciencia y han explicado que la ciencia progresa gracias a que se desarrollan nuevas teorías que en algunos casos sustituyen y mejoran a sus predecesoras. Por ejemplo, Thomas Kuhn, divide la historia de la ciencia en periodos de ciencia normal y periodos de ciencia revolucionaria. En los periodos de ciencia normal, las teorías y leyes científicas existentes se aceptan en su totalidad y se consideran verdaderas. La ciencia se desarrolla utilizándolas como base de conocimiento. Cuando llega un momento en que el conocimiento científico existente no es capaz de resolver muchos de los problemas que surgen, ocurren los periodos de ciencia revolucionaria, en los que algunos científicos proponen unas nuevas teorías, nuevos criterios, nuevos lenguajes,…, en definitiva, un nuevo paradigma, que cambia por completo el mundo tal y como se veía antes. Esto quiere decir que las teorías del anterior paradigma, antes consideradas como verdaderas, dejan de serlo. No es posible, entonces, que una teoría sea “definitivamente verificada”.

Imre Lakatos desarrolló el falsacionismo sofisticado, en el que la base de la ciencia no son las teorías, sino los denominados programas de investigación científica, formados por un núcleo firme de hipótesis que en ese programa se consideran irrefutables, y un cinturón protector formado por otras hipótesis que se van añadiendo o eliminando según se desarrolla la investigación. Entonces, el hecho de que un experimento refute una teoría no significa instantáneamente que la teoría sea falsa, sino que se acepta la posibilidad de que lo erróneo sea una o más de las hipótesis del cinturón protector. El programa de investigación puede continuar haciendo modificaciones en dicho cinturón protector. La ciencia progresa mediante el desarrollo de algunos programas de investigación y mediante la sustitución de otros. La norma general consiste en desarrollar los programas progresivos (los que generan muchas predicciones correctas) y en reconocer cuándo un programa se ha vuelto degenerativo (su cinturón protector sufre modificaciones constantemente para adaptarse a los hallazgos empíricos de otros programas rivales) para decidir si lo más conveniente es eliminarlo. De nuevo tenemos que un nuevo o mejor programa de investigación puede sustituir a otro anterior, por lo que las teorías del programa eliminado ya no se consideran válidas. Este es otro ejemplo de argumento en contra de la existencia de teorías “definitivamente verificadas”.

Existen otras corrientes filosóficas que aspiran a dar respuesta a la pregunta de si el objetivo último de la ciencia es describir el mundo objetivamente tal y como es (lo que se denomina realismo científico). Para los instrumentalistas, la finalidad de la ciencia es producir teorías que resulten útiles como herramientas de predicción de los diferentes fenómenos de la naturaleza, aunque no existe ninguna garantía de que esas teorías sean objetivamente verdaderas. Visto desde este punto, nunca se podría considerar que una teoría sea definitivamente cierta, ya que puede que sólo sea “útil y cómoda” para los propósitos de la ciencia y no se corresponda con la realidad objetiva. Otras posturas aseguran que las teorías científicas no representan la realidad de manera objetiva ya que el entorno social y cultural que afecta a las investigaciones y a los investigadores no permite esa objetividad.

En mi opinión, de todos estos argumentos no se concluye que la ciencia se iguale en términos de validez a otras creencias culturales como la religión o las supersticiones. Lo que sí se puede concluir es que la propia forma en que la ciencia progresa hace que ésta sea cambiante. El periodo histórico y los conocimientos disponibles en ese momento marcan la ciencia que se está desarrollando. Es plausible que nuevos hallazgos puedan modificar o refutar teorías que antes parecían completamente válidas. Las nuevas teorías serán capaces de explicar fenómenos que sus predecesoras no podían, entre otras cosas porque, quizás, esos fenómenos ni siquiera se conocían en el momento en que las teorías refutadas fueron propuestas.