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En  1859 el físico irlandés John Tyndall comenzó a investigar qué gases de la atmósfera tenían la capacidad de atrapar calor. Sus resultados fueron claros, los principales gases eran el vapor de agua y el CO2. Un siglo y medio después, a principios del siglo XX, el físico sueco Svante Arrhenius manifestó que la actividad humana estaba elevando el nivel de CO2 a un ritmo tal que podría causar un calentamiento global en el futuro.

 

En la década de los 50 se hizo evidente la acumulación de CO2 en la atmósfera y se comenzó a tomar conciencia de los daños catastróficos que éste incremento podría acabar causando a nuestro planeta. Los científicos de la época encontraron evidencias de que los océanos no serían capaces de absorber tanto CO2 como se pensaba. Así, en 1958, Charles Keeling comenzó a medir anualmente el nivel de gas en la atmósfera. Obtuvimos así la denominada curva de Keeling, que demuestra el alarmante aumento del nivel de CO2, que crece sin cesar año tras año:

En los años 70 la mayoría de los climatólogos aceptaban la idea de un calentamiento global. Su principal reto era conocer el índice de calentamiento actual y predecir los valores que podría llegar a alcanzar, así como sus consecuencias. Durante esta década los nuevos modelos informáticos permitieron predecir los efectos de la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera, dando como resultado la existencia de un calentamiento constante. Los registros de temperatura tomados durante a lo largo de los años daban muestras de que dicho calentamiento ya había comenzado y que lo que ocurría era una evidente aceleración, dentro de una tendencia de calentamiento más gradual y a largo plazo. A finales de la década los científicos ya estaban convencidos de que este aumento de CO2 estaba causado al menos en parte por la actividad humana, principalmente debido a la quema de combustibles fósiles, en rápido aumento desde el siglo XIX.

Es importante destacar que las investigaciones de cambios climáticos pasados, mediante el estudio de hielo de la Antártida de hace miles de años, han ofrecido pruebas del vínculo existente entre los niveles de CO2 y el calentamiento. Los científicos han medido el aire atrapado en este hielo milenario, pudiendo conocer cuáles eran los niveles de CO2 atmosférico y otros datos que permiten saber la temperatura del aire en el momento de formación del hielo. Estos estudios han demostrado la existencia de importantes alteraciones climáticas en el pasado, y que se produjeron sin intervención humana y en intervalos de tiempo sorprendentemente cortos.

Se ha calculado que a finales del siglo XXI el aumento de la temperatura estará entre 1,1º y 6,4º por encima de la actual, y que el calentamiento no afectará en la misma medida a la totalidad del planeta, ya será más acusado en los polos. Así, uno de los principales efectos será la fusión de los glaciares y casquetes polares, hecho que ya se ha documentado desde la década de los 80.