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A primera vista, podríamos pensar que el sistema que controla nuestras sensaciones, el sistema nervioso, y el mecanismo de protección de nuestro cuerpo las contra enfermedades, el sistema inmunológico, no tienen nada en común. Pero nada más lejos de la realidad. La moderna investigación médica ya ha demostrado que estos sistemas no son independientes, sino que están sumamente entrelazados y mantienen largas “conversaciones”. De hecho, algunos estudios indican que el cerebro, principal órgano del sistema nervioso, y el timo, órgano de vital importancia en la respuesta inmunitaria de defensa del organismo, tienen una base embriológica común para algunas funciones.

Las conexiones biológicas entre ambos sistemas existen en varios niveles. Las investigaciones han constatado que los neuropéptidos, ciertas moléculas que comunican mensajes entre las células nerviosas, también “hablan” con las células del sistema inmunológico. Se ha podido ver, además, que ciertas células del sistema inmune son capaces de producir neuropéptidos y que las redes de fibras nerviosas están directamente conectadas a los órganos linfoides, encargados de producir linfocitos, unas células fundamentales para el sistema inmunológico. Asimismo, se ha sugerido que las células del sistema inmune podrían tener cierta capacidad sensorial al detectar la presencia de invasores extraños y transmitir al cerebro señales de alarma.

Otro de los aspectos que prueban la existencia de estas relaciones entre el sistema inmune y el sistema nervioso viene de la mano de la psiconeuroinmunología. Esta rama de la ciencia estudia las interrelaciones entre el sistema nervioso central y el sistema inmune.

Desde hace décadas se sabe que los factores psicológicos están relacionados con enfermedades en las que se involucra el sistema inmunológico. Se ha comprobado que el estrés psicológico puede romper el equilibrio en la red de comunicaciones existente entre el sistema nervioso y el sistema inmunológico y que puede llegar a inducir o modificar determinadas respuestas del sistema inmune. De hecho, enfermedades como la dermatitis atópica o la psoriasis se agravan por el estrés. El estrés psicológico puede además afectar a la eficacia de las vacunas y empeorar la respuesta frente a la presencia de patógenos virales.

Numerosos estudios han documentado casos en los que una situación de grave estrés psicológico suscita la aparición de los síntomas de una enfermedad autoinmune, por lo que parece que el estrés psicológico es también un factor regulador en este tipo de enfermedades en las que el sistema inmunitario se convierte en el agresor y ataca al organismo en vez de protegerlo.