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EyeVista, oído, olfato, tacto y gusto. Son nuestras únicas armas para conocer y explorar el entorno que nos rodea y reaccionar ante las situaciones que se nos presentan. Los órganos de los sentidos captan la información del exterior y la transforman en puros impulsos eléctricos que se envían a áreas especializadas de la corteza cerebral. Allí se procesan y como resultado se producen sensaciones: ver un cuadro, oír una melodía, saborear una fruta…

La corteza cerebral o córtex cerebral es la capa de tejido nervioso que cubre el cerebro y es donde se localizan ciertas funciones como la percepción, el pensamiento, la imaginación, la reflexión y la decisión.

La vista

El ojo contiene unos 125 millones de células nerviosas llamadas fotorreceptores. Los fotorreceptores generan las señales eléctricas que permiten al cerebro formar las imágenes visuales.

El proceso de visión comienza cuando la luz atraviesa la córnea y entra en el ojo a través de la pupila. El iris regula la entrada de luz al ojo cambiando de forma, y hace que la pupila se encoja cuando la luz es brillante y fuerte, y que se expanda cuando hay oscuridad. Los rayos de luz pasan a través del cristalino y se refractan, de manera que convergen en la retina.  El cristalino debe enfocar los rayos luminosos para conseguir que se forme una buena imagen en la retina con independencia de la distancia a la que esté situado el objeto que estamos mirando. Para ello, si el objeto está cerca, el cristalino aumenta de grosor, y si el objeto está lejos, se aplana. En la retina se encuentran dos tipos de fotorreceptores: los bastones y los conos. Los bastones son los responsables de la visión en blanco y negro, y los conos, de la visión en color. La luz llega a estos fotorreceptores (bastones y conos) que mandan señales eléctricas al cerebro por medio del nervio óptico. Estas señales tienen que viajar hasta la parte anterior del cerebro, en concreto hasta el córtex visual, donde se procesarán y se transformarán en imágenes visuales conscientes.

La visión estereoscópica o tridimensional es posible gracias a que los ojos están separados cierta distancia uno del otro. Así, cada ojo ve una porción distinta del espacio que tenemos delante. La unión de las imágenes recogidas por cada retina da lugar a la sensación de profundidad y por tanto, a la visión tridimensional.

El oído

El oído capta ondas de sonido y las transforma en impulsos nerviosos que se envían al cerebro para su procesamiento. También es en el oído donde se sitúa el sentido del equilibrio, esto es, la percepción de la posición del cuerpo y su movimiento.

El oído se divide en tres secciones denominadas oído externo, medio e interno.  El oído externo canaliza las ondas sonoras por el canal auditivo hasta el tímpano, que marca el comienzo del oído medio. Las ondas hacen vibrar al tímpano, lo que provoca que también vibre la cadena formada por tres pequeños huesecillos llamados martillo, yunque y estribo. Estos huesecillos amplifican las ondas sonoras al golpear una membrana denominada ventana oval, que transmite el sonido hasta el oído interno. Esta amplificación hace posible que el sonido supere la diferencia de resistencia al pasar de un medio aéreo (en el oído medio), a un medio acuoso (en el oído interno). En el oído interno se encuentra el caracol o cóclea, donde se sitúan unas células especializadas capaces de transformar los sonidos en impulsos eléctricos. Estos impulsos viajan por el nervio auditivo hasta una parte específica del cerebro llamada córtex auditivo, donde se procesan para producir la sensación de audición.

Como ya comentamos, el oído también realiza una función fundamental relacionada con el equilibrio. Esta función se realiza en el oído interno, donde ciertas células inmersas en un fluido viscoso reaccionan ante cualquier movimiento, como cambios en la posición de la cabeza o la aceleración.

El  olfato

Aunque la vista es el sentido dominante en el ser humano, el olfato también juega un papel fundamental ya nos sirve de alerta en situaciones peligrosas como un escape de gas o un incendio aunque no podamos verlo directamente. La nariz humana puede distinguir entre miles de olores diferentes.

Al igual que el gusto, el olfato depende de unas células conocidas como quimiorreceptores. Estas células, ubicadas en el interior de la nariz, detectan las moléculas que entran en la cavidad nasal empujadas por corrientes de aire. Así, podemos intensificar la sensación de olor si inhalamos más aire por la nariz, algo que hacemos como un acto reflejo cuando un olor nos llama la atención. Los receptores olfativos de la zona más profunda de la cavidad nasal envían impulsos eléctricos al bulbo olfativo, situado en el sistema límbico cerebral. Este sistema se relaciona con las emociones, los sentimientos, los instintos… Por eso los olores suelen inducir emociones y recuerdos muy fácilmente. El bulbo olfativo, tras procesar y codificar los impulsos eléctricos, los envía a otras regiones del cerebro y los olores se tornan conscientes.

El gusto

En muchos casos las sustancias venenosas o dañinas para el organismo tienen un sabor amargo desagradable, mientras que las comestibles y nutritivas suelen tener buen olor y sabor. Por ello, el gusto y el olfato, actuando en conjunto, conforman un arma efectiva a la hora de evaluar si lo que vamos a comer o a beber está en buen estado o si por el contrario puede resultar perjudicial.

El gusto, al igual que el olfato, detecta las moléculas que entran, en este caso en la boca, y en respuesta genera datos en forma de señales eléctricas que son enviadas al cerebro. Estos datos viajan desde la boca a lo largo de unas determinadas fibras nerviosas y llegan a las zonas específicas del córtex cerebral que se relacionan con el sentido del gusto.

La lengua es el órgano principal del sentido del gusto y es el órgano muscular más flexible del cuerpo. Tiene tres músculos interiores y otros tres pares de músculos que la conectan a la boca y a la garganta. Su superficie está cubierta de papilas gustativas, unos receptores sensoriales especializados en detectar los diferentes sabores: dulce, salado, amargo, ácido y umami. La localización de las papilas gustativas en la lengua es un indicativo del sabor que detectan en mayor medida. Por ejemplo, las papilas gustativas de la punta de la lengua son especialistas en detectar el sabor dulce, las de los laterales de la parte delantera, el sabor salado, las de la parte posterior, el sabor amargo y las situadas a ambos lados de la parte posterior, el sabor ácido. El sabor umami (el término en japonés significa “sabor delicioso”) fue identificado por un químico japonés en 1908, y se corresponde con alimentos que contienen glutamato o ácido glutámico, como carnes, pescados, quesos o sopas. Este componente estimula receptores específicos en la lengua y el resultado es un gusto muy sabroso y apetecible. De hecho, los potenciadores del sabor suelen contener glutamatos. El más común es el glutamato monosódico, muy utilizado en la cocina asiática.

El tacto

El tacto nos permite sentir el contacto con las cosas al tocarlas, su suavidad o aspereza, su temperatura, etc. En la capa más externa de la piel, la epidermis, se encuentran miles de terminaciones nerviosas especializadas llamadas receptores del tacto. Estos receptores detectan cualquier tipo de estímulo sobre la piel, y como respuesta generan impulsos eléctricos que se envían a través de las fibras nerviosas a una zona específica del córtex cerebral para su procesamiento.

Los receptores del tacto se distribuyen por todo el cuerpo de forma variable, por eso hay zonas con mayor o menor sensibilidad. Existen varios tipos, cada uno especializado en una clase de estímulo. Los más simples son los receptores de dolor y temperatura, y consisten en terminales nerviosas libres. Otros receptores, en concreto los corpúsculos de Meissner y las células de Merkel, se encuentran en zonas de gran sensibilidad, como los labios o las yemas de los dedos. Gracias a la extraordinaria sensibilidad que proporcionan es posible, por ejemplo, leer el lenguaje Braille. Por su parte, los corpúsculos de Pacini responden a la presión y a las vibraciones.

Algunos receptores dejan de responder cuando el estímulo se mantiene constante a lo largo del tiempo. A este fenómeno se le conoce como adaptación sensorial, y es la razón por la cual dejamos de notar el reloj cuando lo llevamos puesto durante un rato. La adaptación sensorial es importante, ya que permite que podamos concentrarnos en estímulos que potencialmente puedan ser más relevantes.

Escrito por Varinia para  divulgaUNED.